Cuando el lenguaje del amor se convierte en el único idioma
- Sébastien Bangandu
- hace 1 día
- 5 min de lectura

El hermano Anthony Farah es un religioso asuncionista de origen libanés que vive en la comunidad de Woluwe en Bruxelles - Bélgica. Vino a México por unos días de visita. Nos cuenta su experiencia de misión de Verano en Cuernavaca. Escuchemosle.
Se puede cruzar un océano, cambiar de continente, descubrir un nuevo idioma y una nueva cultura… sin saber realmente lo que Dios tiene preparado para nosotros.
Llegué a México después de haber dejado el Líbano, mi país natal, y Bélgica, donde hoy vivo como hermano asuncionista. Pensaba venir a descubrir otro rostro de nuestra Congregación, otra manera de vivir la misión. Todavía no sabía que esta misión sería, sobre todo, la que me transformaría a mí mismo.
Fue en San Pedro Apatlaco donde tuvo lugar ese encuentro.

Éramos veinticinco misioneros —hermanos, jóvenes y laicos— enviados para compartir una semana de misión con la parroquia. Desde los primeros momentos comprendí que algo hermoso nos esperaba. Los cantos, los bailes, la comida compartida, las sonrisas del párroco, de los jóvenes y de las familias… No fue solamente una cálida bienvenida. Era una comunidad que, sin decir una palabra, nos repetía: «Esta también es tu casa.» Y eso fue exactamente lo que sentimos.

Muy pronto, cada uno de nosotros fue acogido por una familia que abrió las puertas de su hogar. Pero mucho más que eso, abrieron su vida, sus alegrías, sus preocupaciones y sus heridas. Nos recibieron como si fuéramos parte de su propia familia. Nos enseñaron que es posible dar mucho, incluso cuando se tiene poco. Esa sencillez evangélica tocó profundamente mi corazón.

Cada mañana recorríamos las calles de la parroquia llamando a las puertas. Queríamos decir a las personas que no estaban solas, que su Iglesia estaba cerca de ellas, e invitarlas a participar en esta semana misionera. Detrás de cada puerta había una historia distinta. Algunas se abrían con una gran sonrisa. Otras permanecían cerradas. No por falta de hospitalidad, sino porque el miedo se ha convertido en un compañero de cada día. En esta región, la violencia entra incluso en los hogares. La gente ha aprendido a desconfiar antes incluso de abrir una puerta.

Y, sin embargo, mientras caminaba por esas calles, una frase de san Pablo resonaba constantemente en mi corazón: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). Cuanto más descubría las heridas de esta tierra, más percibía también la presencia discreta de Dios. Una presencia silenciosa, pero profundamente real. Una gracia que se niega a desaparecer, incluso cuando todo parece anunciar la oscuridad.

Los niños fueron algunos de los mayores maestros de esta semana. Muchos crecen en un ambiente donde la violencia, los secuestros y el miedo forman parte de su vida cotidiana. Y, sin embargo, detrás de sus heridas, conservan una capacidad extraordinaria para sonreír, jugar y amar. A través de los juegos, los cantos, los bailes y los momentos de oración, queríamos recordarles que son infinitamente amados por Dios, que poseen una dignidad que nadie podrá quitarles jamás y que ya son los constructores del mundo de mañana.
Un día, un niño de apenas seis años me confesó que había perdido a su papá a causa de la violencia. Frente a un sufrimiento así, las palabras dejan de tener sentido. Ninguna explicación puede sanar el corazón de un niño. Solo queda una presencia, una escucha, un abrazo, una mirada llena de compasión. Ese día comprendí que la misión no consiste siempre en responder a las preguntas. A veces consiste simplemente en permanecer allí… y amar.

Los jóvenes me marcaron profundamente. Detrás de sus sonrisas descubrí historias de valentía, heridas, sueños y luchas. Cantamos, bailamos, rezamos, reímos y, en ocasiones, también guardamos silencio juntos. Poco a poco, dejé de ver solamente a un grupo de jóvenes mexicanos; empecé a ver hermanos y hermanas que, como yo, buscaban dar un sentido a su vida y creían que el Reino de Dios podía comenzar desde aquí.

Mientras los escuchaba, una frase de san Agustín volvía una y otra vez a mi corazón: «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.» Detrás de sus preguntas, de sus heridas y de su generosidad, reconocía esa misma sed de Dios que habita en el corazón de todo ser humano.
Los encuentros con los adultos eran momentos de diálogo, reflexión y oración. Hablábamos de la paz, de la esperanza y de la presencia de Dios en medio de las pruebas. Aquí, hablar de paz no es una teoría. Es una necesidad. Es un grito. Y, a pesar de todo lo que viven, encontré hombres y mujeres que seguían creyendo, rezando y esperando con una fuerza que me edificó profundamente.

Antes de venir a México, pensaba que mi mayor dificultad sería el idioma. Todavía no hablo bien español, y eso me preocupaba. ¿Cómo anunciar el Evangelio cuando faltan las palabras? Entonces descubrí que las palabras no siempre son indispensables.
Una sonrisa se entiende en todos los idiomas. Una mano tendida no necesita traducción. Jugar con los niños, bailar con los jóvenes, compartir una comida, escuchar a alguien con el corazón, rezar uno al lado del otro… ese es un lenguaje que todos comprenden. Tenía pocas palabras en español, a veces algunas frases en inglés, pero podía estar presente. Podía amar. Y descubrí que el amor es, probablemente, la forma más hermosa de anunciar a Cristo.

Con el paso de los días, dejé de sentir que habíamos venido solamente a dar algo. Más bien tenía la impresión de que era esta comunidad la que nos evangelizaba a nosotros. Nos enseñaba la confianza, la perseverancia, la alegría en medio de las dificultades y la fuerza para seguir creyendo cuando todo parece invitar al desánimo.

En realidad, pensaba que venía a dar. Hoy regreso con la certeza de haber recibido infinitamente más. San Pedro Apatlaco me enseñó que el Reino de Dios no crece lejos de las heridas humanas; con frecuencia crece precisamente en medio de ellas. Crece en una familia que sigue esperando a pesar del miedo. En un niño que todavía logra sonreír. En un joven que decide servir en lugar de ceder a la desesperanza. En una comunidad que sigue cantando cuando la violencia quisiera apagar toda esperanza.

Me voy de esta parroquia con el corazón lleno de rostros. Los rostros de los niños. Los rostros de los jóvenes. Los rostros de las familias que nos recibieron como a sus propios hijos. Sé que el tiempo tal vez borre algunos detalles, pero nunca borrará lo que ellos han grabado en mi corazón.

Esta semana no fue solamente una misión. Fue un encuentro con Cristo, vivo en medio de su pueblo, presente en los más pequeños, en los más pobres, en quienes siguen creyendo contra toda esperanza. Y las palabras de san Agustín tienen hoy para mí un significado muy especial: «Ama y haz lo que quieras.» Porque eso es precisamente lo que esta misión me enseñó: cuando el amor se convierte en nuestra manera de vivir, también se convierte en la manera más hermosa de anunciar el Evangelio.

Regreso de México profundamente agradecido. Agradecido con Dios por esta gracia. Agradecido con la comunidad asuncionista en México que me permitió vivir esta experiencia. Agradecido con la parroquia de San Pedro Apatlaco, que ha dejado una huella imborrable en mi corazón.
Llegué con el deseo de ser misionero. Me voy con la certeza de que yo también he sido evangelizado.
Hno. Anthony Farah, A.A.
“Este artículo fue escrito originalmente en francés y posteriormente traducido al español, procurando conservar fielmente su sentido, su estilo y las emociones del texto original.”






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